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La semana pasada, en una entrevista en El Mundo de España, Andrés Calamaro hizo una acusación que se ha vuelto común entre los aficionados a las corridas de toros. Alegó que “mientras mucha gente se muere de hambre, se gastan miles de millones de dólares en alimentar perros y cortarles el pelo” y advirtió de “la proliferación de fotos con perros” en contraste con “la poca reacción frente a las tragedias del mundo”. (Lea: 'Mientras gente muere de hambre se gastan millones alimentando perros': Andrés Calamaro)

Con mensajes como estos, el cantante se dirige a los “yihadistas antitaurinos”, como llama a los opositores de las corridas de toros, y a las “almas sensibleras” o a la “gran secta de gente políticamente correcta”, como califica con desprecio a quienes rechazan sus desatinadas y odiosas declaraciones.

Estas afirmaciones, usadas para desacreditar éticamente a quienes participamos de una lucha que amenaza al pequeño terruño esnobista de los “amantes de la fiesta brava”, tienen tantas falencias que resultan desconcertantes en boca de quien se define a sí mismo como “culto” y “progresista” (semejante a lo que ocurre cuando Savater habla de su afición taurina).

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Por: Andrea Padilla Villarraga*
Candidata PhD Derecho Universidad de los Andes. Vocera en Colombia AnimaNaturalis Internacional
@andreanimalidad