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Una ventana en forma de ojo de buey separa un pasillo del Centro Nacional de Biotecnología (CNB) de la zona de barrera de su animalario. Se trata del área de mayor seguridad del espacio en el que habitan los cerca de 20.000 ratones que se usan para las investigaciones que se llevan a cabo en este centro puntero galardonado con el distintivo de excelencia Severo Ochoa. Para acceder a ella, hay que quitarse la ropa, ducharse y vestirse de nuevo con un traje especial, patucos, gorro, guantes y mascarilla.

Pero tanta seguridad no es para proteger a los investigadores de posibles infecciones portadas por los ratones, sino para proteger a los ratones de lo que pueda portar el investigador. «Cada uno de los ratones que tenemos en este área es único. Si los perdemos tiramos un patrimonio único y muchos años de trabajo», explica Lluís Montoliu, investigador de este centro del CSIC.

Montoliu trabaja con enfermedades raras. Utiliza cerca de 2.500 ratones para entender mejor trastornos como el albinismo y desarrollar terapias para un futuro tratamiento. Pero él, al igual que otros muchos colegas suyos, tiene la sensación de que las potentes campañas de los grupos animalistas han calado en la sociedad un mensaje sesgado que ha provocado un rechazo social a la investigación con animales.

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